OntologIA #101
El “dilema del prisionero” fue una línea de trabajo dentro de la teoría de juegos que surgió en la época de la posguerra, durante la guerra fría, y que ayudó a darle una salida práctica al jaque nuclear entre las dos potencias que se disputaban la hegemonía mundial. Básicamente, plantea que ante una situación de amenaza de destrucción cruzada y mutua desconfianza, la mejor opción para desescalar el conflicto es cooperar. Por eso, desde finales de los 80, Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron ir desactivando su arsenal nuclear con un programa de control por terceros, que surtió efecto hasta la aparición de otros actores en la mesa de la discusión y la complejización del escenario geopolítico multipolar. Si bien, aún así, la teoría dice que es mejor la cooperación, en la actualidad la aplicación de ese tipo de políticas no parece un horizonte posible.
¿Por qué se compara todo este desarrollo con el impacto de la Inteligencia Artificial y las disputas de poder a su alrededor? En los últimos días se habló mucho del Proyecto Manhattan, de Oppenheimer y la bomba nuclear como una paralelismo del campo de la IA, aunque resulta difícil poner en relación un arma de destrucción masiva con una tecnología de procesamiento de datos, generación de procesos y automatización de acciones. La interpretación lineal, aprovechando la llegada y permanencia de Peter Thiel (cofundador de Palantir) al país, es la distópica, por la potencial capacidad de destrucción que puede tener el desarrollo de la inteligencia artificial. En un futuro mundo de “internet de las cosas” (IOT por sus siglas en inglés), la independización de las decisiones por parte de la IA (que ya aparece en modelaciones) puede conllevar desastres de magnitudes impensadas, por más que parezcan del terreno de la ciencia ficción. Una guerra de megacorporaciones algorítmicas descontroladas o de Estados instrumentalizados con IA son escenarios que garpan en términos de contenidos pero que todavía no son inevitables en la práctica.
El trasfondo, la discusión velada, es cómo se va a gestionar la revolución tecnológica más voraginosa de la historia de la humanidad: si desde la libertad de acción de la corporaciones que apuestan a un aceleracionismo o la gestión política, económica y social que, en base a la cooperación, pueden llevar adelante los Estados, las empresas y la sociedad civil. Hablamos de los puestos de trabajo que puede destruir la IA pero también de lo que hacemos con la “verdad” en el marco de los algoritmos. Esteban Magnani expone dos visiones del desarrollo de modelos de lenguaje, donde uno se basa exclusivamente en la probabilística y otro tiene un piso de determinación sobre lo que es cierto y lo que no. Es lo que técnicamente se llama una ontología como arquitectura de la información. La determinación de ciertas “verdades” permite que los sistemas de IA crucen datos, extraigan conclusiones lógicas y respondan a consultas complejas con precisión en lugar de buscar porcentualmente cuál es la respuesta correcta en un mar de posibilidades.
En “Cuando Google encontró a WikiLeaks”, Julian Assange advierte que los que todos llamaban softpower (poder blando) no era más que marketing del mismo complejo tecnológico, financiero, militar y político:
Describiendo lo que denominaban las «alianzas de los conectados», Schmidt y Cohen afirmaban:
Los Estados democráticos que han establecido alianzas entre sus sectores militares tienen la capacidad de hacer exactamente lo mismo con sus tecnologías de comunicación. […] Estas tecnologías ofrecen una nueva forma para ejercer el deber de protección a los ciudadanos de todo el mundo.
El pasaje del soft al hard era cuestión de tiempo y desarrollo de la tecnología. El manifiesto tan recientemente famoso de Thiel le reclama a Silicon Valley haberse distraído en la búsqueda de la dominación pero sin Google no existiría Palantir. Google fue quien nos seteó para ir dejando datos y metadata interrelacionados en toda la internet para que sean insumo de estas maquinarias.
Como contracara, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, trae algunos planteos que, sin idealizarlo/s, tienen valor por el lugar que ocupa en la empresa que está rompiendo el negocio de la IA con Claude. y uno de los arquitectos de los modelos de lenguaje más avanzados del mundo. Amodei, acorde con el enfoque de la ontología/IA, propone un constitucionalismo del sector y regular fuertemente los códigos fuente y lo hace desde la intención de que Estados Unidos gane la batalla por la inteligencia artificial general (“inteligencia poderosa” le llama él) a China. Assange escribía sobre internet en 2014, cuando las redes sociales aún resonaban con la primavera árabe; Amodei escribe sobre IA en 2024, cuando el tablero geopolítico ya está partido entre potencias que compiten por la hegemonía del dato y el silicio.
Volviendo al dilema del prisionero, para la cooperación se requiere confianza y la confianza requiere transparencia. En un ecosistema donde las decisiones sobre qué modelos se desarrollan, cómo se entrenan y a quién sirven se toma en cuartos cerrados y se deposita en una caja negra, la pregunta no es si habrá regulación sino quién va a tener el poder de imponerla.
Con menos difusión que la aprobación del acuerdo entre el gobierno provincial y ANSES por los mil millones mensuales a cuenta, también se convirtió en ley en la Cámara de Senadores de Santa Fe la reforma del Código Procesal Laboral, que pone en sintonía la norma con la ley de ART empujada por Mauricio Macri como presidente y cuya adhesión provincial le corresponde a Omar Perotti.
La eliminación de la doble vía, desatar los honorarios de los peritos del monto o la incapacidad reclamada en el juicio y tratar de fomentar los acuerdos previos a la llegada a tribunales son los ítems sobresalientes de la nueva normativa que unificó la celebración de las cámaras empresarias. A pesar de no tener grandes resistencias, despierta tan pocas esperanzas de solucionar los problemas de la justicia laboral que lo que más espacio ocupa en el articulado es un observatorio para evaluar los resultados en 6 meses. La intervención de los gremios, el bloque del peronismo en el senado y de la Corte Suprema expusieron estas objeciones a su momento. Los impulsores del proyecto, los diputados Martín Rosúa y José Corral, igualmente salieron a venderlo como un gran paso.
Hay una distancia enorme en plantear un enfoque desde la mirada de “la industria del juicio”, del “costo” que tiene la judicialización o de la siniestralidad. El mayor problema no son la cantidad de expedientes en un juzgado, tampoco los números que ocupan en el balance de las empresas, sino la desprotección en la que están cayendo la mayoría de los trabajadores, arrojados por la necesidad descuidar las medidas de protección y poniendo su vida en riesgo. A cuenta gotas, pero cada vez más presentes en la agenda, se pueden leer noticias sobre fallecimientos de laburantes. En medio año vamos a tener los números en la mano.



